jueves, 16 de marzo de 2017

ANÉCDOTAS QUE SE GENERAN EN LOS TEMPORALES DE MI COSTA.

Un hombre con cinco banderas desplegadas anda pausado y tranquilo por las playas de Pineda. El día es soleado, apenas una leve brisa refresca el aire de este cálido mes de marzo, acariciando levemente  las hojas de las moreras y las agujas de los pinos. Parece un nuevo día de esta primavera tan adelantada que ha ridiculizado al invierno y a los sabios del tiempo que han estado prediciendo cada semana olas de frío y lluvias torrenciales, que sólo se han producido a traición cuando no estaban previstas y donde les ha dado la gana, helando cañerías despistadas y desbordando torrentes imprevistos.
Las cinco banderas desplegadas -la estelada, la europea, la norteamericana,  la de Israel, y la de la OTAN- están como desmayadas ya que apenas se mecen. El hombre sigue andando llegando casi a la estación de tren de Pineda, desde donde da media vuelta para volver. Al lado de la ancha playa hay un paseo marítimo con vías para bicicletas, árboles, bancos, aparatos de gimnasia para vejestorios, que utilizan sobre todo los jóvenes sin ningún respeto a la senilidad, y un serpenteante camino asfaltado para peatones. De Poniente a Levante, se ve el inmenso mar con toda su gama de azules, verdes y grises, siendo un espectáculo la salida del sol  por la mañana, o los rayos de la luna llena sobre las aguas cuando esta llega puntualmente cada mes. Tengo un amigo que se dedica a estudiar la variación de los rayos de la luna en el agua en la medida que se va andando y cambian las formas luminosas. Es un curioso ejercicio del que seguramente  saldrán  importantes descubrimientos científicos y astrológicos sobre la  jodida, por eterna, luna. Tendremos ocasión de continuar hablando de cosas tan trascendentes. De Levante a Poniente cambia totalmente el espectáculo. El mar se ve más claro, más movido, con colores que inventan nuevos colores y cielos rasgados que recrean la naturaleza. Cuando la luna apunta por Poniente, con Marte acompañándola a unos pocos millones de kilómetros, está claro que va a llover un día de éstos, o al mes siguiente, o dentro de un año, según nuestro especial meteorólogo.
Y de golpe y porrazo aparecen unas negras nubes en forma de montañas atropellándose por el horizonte y la mar calma que hasta entonces apenas musitaba un dulce rumor en la dorada arena, empezó a rizarse, a oscurecerse y chisporrotear espumas blanquecinas, aumentando progresivamente el ruido hasta convertirse en ensordecedor. Grandes olas alargadas que venían del  horizonte golpeaban cada vez con más fuerza la playa, saltando las rocas y descalzando los cimientos del paseo hasta encaramarse a él e inundándolo en un breve espacio de tiempo. Una vez invadido este totalmente empezó la rotura de bancos y árboles y la destrucción de los asfaltados del paseo. 
El hombre de las cinco banderas hacía rato que se había largado por uno de los pasos subterráneos que pasan por debajo de las vías del tren. En su precipitada huída había dejado abandonadas las cinco banderas, clavadas en un pequeño montículo del que el viento y el agua había arrancado y arrastrado hasta convertirlas en pequeñas partículas que el mar zarandeaba y engullía.

Como ese breve escrito no contiene ninguna metáfora, ni pretende decir nada trascendente, ya que responde solamente al lejano recuerdo borroso de un hombre que un día ví  por este paseo destruido por las olas con unas banderas, ahí lo dejo. 




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